Mgtr. Antonio F. García Zamora.
Hay palabras que no nacen de la comodidad. Hay voces que parecen levantarse desde la herida abierta de un pueblo, desde el polvo de los caminos, desde la memoria de quienes han sido silenciados por la violencia, pobreza y la indiferencia. San Arnulfo Romero fue una de esas voces. No habló desde una fe encerrada en los muros del templo, sino desde una espiritualidad encarnada en la historia concreta de El Salvador. Su palabra fue oración, pero también denuncia; fue consuelo, pero también conciencia; ternura, pero una ternura capaz de incomodar al poder.
Cuando Romero clamó en su última homilía dominical: “les suplico, les ruego, ¡les ordeno! en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”, no estaba pronunciando una frase para la posteridad. Estaba colocando su voz frente a una maquinaria de muerte (Romero, 1980). Su palabra no fue neutral, tampoco ingenua. Fue una palabra profundamente evangélica, precisamente porque se puso del lado de la vida amenazada.
Romero comprendió que la fe no puede ser indiferente cuando el pueblo sangra y sufre. Su espiritualidad no fue evasión del mundo, sino inmersión amorosa en sus heridas. En él, la opción por los pobres dejó de ser una formulación pastoral para convertirse en cuerpo, mirada, escucha y riesgo. El pobre no fue una categoría abstracta; fue campesino asesinado, madre angustiada, comunidad perseguida, cuerpo desaparecido, pueblo crucificado. Por eso, su voz sigue viva: porque no defendió una idea de pueblo, sino al pueblo real, con sus dolores, sus contradicciones y su esperanza.
En el Papa Francisco encontramos una resonancia profundamente cercana a esta sensibilidad "romeriana". En Evangelii gaudium, Francisco afirma que “la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica” (Francisco, 2013, n. 198). Esta afirmación es decisiva, porque desplaza la opción por los pobres del terreno de la simple asistencia social hacia el corazón mismo de la fe. No se trata solo de ayudar a los pobres; se trata de reconocer que en ellos se revela una verdad teológica, humana y ética que interpela a la Iglesia y al mundo.
Desde esa misma dirección, Francisco expresa: “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres” (Francisco, 2013, n. 198). Esta frase, sencilla y radical, dialoga con Romero como si ambos estuvieran sentados en la misma mesa latinoamericana de la historia. Romero lo vivió desde el martirio; por su lado, el Papa Francisco lo proclamó desde una Iglesia llamada a salir de sí misma. En ambos, la fe deja de ser privilegio espiritual para convertirse en cercanía, escucha y compromiso.
La opción por los pobres no significa romantizar la pobreza. No se trata de embellecer el sufrimiento ni de convertir a los pobres en símbolo decorativo de discursos religiosos, políticos o académicos. Optar por los pobres significa reconocer que toda pobreza impuesta es una herida profunda contra la dignidad humana. Significa mirar de frente las estructuras que producen exclusión, desigualdad, hambre, migración forzada, violencia y abandono. El pobre no necesita lástima; necesita justicia, reconocimiento, participación y ternura histórica.
Aquí la palabra ternura adquiere una fuerza mayor, el Papa Francisco recuerda que “la ternura no es debilidad, es fortaleza” (Francisco, 2017, párr. 18). Esta frase permite comprender mejor a San Romero, que fue tierno, pero no fue débil, compasivo, pero no complaciente. Fue pastor, pero no cómplice. Su ternura no fue sentimentalismo religioso; fue una valentía amorosa, una forma de resistir sin deshumanizarse, una manera de denunciar sin perder el alma.
Por eso la espiritualidad de San Arnulfo Romero y el Papa Francisco tiene rostro de pueblo. No es una espiritualidad desencarnada, suspendida en conceptos puros o en fórmulas doctrinales repetidas sin vida. Es una espiritualidad que baja al camino, escucha el grito de los pequeños, se deja afectar por el sufrimiento y reconoce que Dios no puede ser separado de la dignidad humana. Una fe que no toca la vida concreta corre el riesgo de convertirse en ornamento. Una fe que no escucha a los pobres termina hablando sola.
La memoria popular ha conservado otra frase profundamente conmovedora atribuida a Romero: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Conviene decirlo con cuidado académico: no hay prueba fehaciente de que Romero haya pronunciado literalmente esas palabras; sin embargo, Gregorio Rosas Chávez señala que la frase expresa de forma sumamente bella el alma de Romero (Rosas Chávez, 2020). Su fuerza no está solo en la literalidad histórica, sino en la verdad simbólica que contiene.
Esa frase atribuida revela algo esencial: Romero no entendía la vida como propiedad individual, sino como entrega. Su resurrección no sería monumento frío, sino memoria viva en el pueblo. Su cuerpo podía ser asesinado, pero no la esperanza que había sembrado. Su voz podía ser silenciada, pero no el clamor ético que ya caminaba entre comunidades, madres, campesinos, personas creyentes y no creyentes que reconocieron en él una presencia profundamente humana.
En este punto, Romero y Francisco nos colocan frente a una pregunta que también toca la educación, el arte y la vida cotidiana: ¿desde dónde miramos el mundo? ¿Desde el privilegio que observa a distancia o desde la sensibilidad que se deja tocar? ¿Desde una espiritualidad cómoda o desde una espiritualidad capaz de escuchar el llanto del pueblo?
Estos temas que comento, resuenan tanto en mi psiquis como en mi pneuma: Como docente y artista, siento que esta pregunta atraviesa profundamente mi propia manera de comprender la pedagogía. Una educación sin opción por los vulnerables corre el riesgo de convertirse en técnica vacía. Una pedagogía sin ternura puede producir aprendizajes, pero no necesariamente humanidad. Una estética sin conciencia puede embellecer el mundo mientras ignora los cuerpos que sufren dentro de él.
San Romero nos recuerda que la palabra puede ser refugio, pero también denuncia. Papa Francisco nos recuerda que la ternura puede ser una forma de transformación social. Ambos nos invitan a una espiritualidad que no huye de la historia, sino que se compromete con ella. Una espiritualidad con rostro de pueblo no se mide por su solemnidad externa, sino por su capacidad de cuidar la vida allí donde la vida ha sido despreciada.
“Voz que clama en el desierto” no es solo una imagen bíblica. Es también una forma de nombrar a quienes se atreven a hablar cuando otros callan. Arnulfo Romero clamó en medio de la represión.
El Papa Francisco clamó frente a la cultura del descarte. Ambos nos recuerdan que la verdadera espiritualidad no se desentiende del hambre, de la violencia, de la exclusión ni de la tristeza de los pueblos.
Tal vez por eso sus voces siguen siendo necesarias. Porque todavía hay muchas formas de represión: la represión económica que condena a vivir con miedo, la represión simbólica que humilla a quienes no encajan, la represión educativa que apaga la sensibilidad, la represión cultural que invisibiliza a los pobres, a los migrantes, a los pueblos originarios, a las mujeres, a las infancias y a todos aquellos cuerpos que la historia ha querido dejar en la orilla.
San Romero y el Papa Francisco no nos ofrecen una fe cómoda. Nos ofrecen una fe encarnada. Una fe que se deja convertir por los pobres. Una fe que no usa la ternura para suavizar la injusticia, sino para enfrentarla desde la dignidad. Una fe que no convierte el amor en discurso vacío, sino en presencia concreta, en pan compartido, en palabra valiente, en comunidad que acompaña.
La espiritualidad con rostro de pueblo es, finalmente, una ética del vínculo. Es comprender que nadie se salva solo, que nadie aprende solo, que nadie sana solo. Es reconocer que la vida se sostiene en comunidad, en memoria, en cuidado y en justicia. Romero lo supo hasta entregar la vida. Francisco lo recordó al mundo con una insistencia pastoral profundamente latinoamericana.
Y quizá ahí radica la vigencia de ambos: en recordarnos que la ternura, cuando se une a la justicia, se vuelve profecía. Y que la opción por los pobres no es una moda religiosa ni una postura académica, sino una manera radical de comprender la vida desde el lugar donde Dios, la historia y el pueblo siguen clamando.
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