Mgtr. Antonio F. García Zamora.
Ayer, 29 de mayo de 2026, el alma de Edgar Morin trascendió hacia la eternidad. Su partida física deja una tristeza serena, pero también una claridad profunda: hay pensamientos que no desaparecen, porque quedan cultivados en la conciencia de quienes seguimos buscando una educación más humana, sensible y capaz de abrazar la complejidad de la vida. Le Monde confirmó que Morin falleció en París, a los 104 años, el viernes 29 de mayo de 2026.
No escribo estas palabras únicamente desde la distancia de una nota reflexiva. Las escribo desde mi propio camino como docente, artista visual e investigador. Además surgen, desde el aula, mis procesos de creación pictórica, desde el Doctorado que estoy llevando en Educación de la Universidad De La Salle en Costa Rica y desde ese territorio vivo que hemos llamado aprendiencias. Porque Edgar Morin no ha sido para mí solamente un autor citado en trabajos universitarios. Ha sido una presencia intelectual y espiritual que me ayudó a comprender que el conocimiento, cuando se separa de la sensibilidad, empieza a perder parte de su humanidad.
Mi primer diálogo con Morin nació durante mi carrera en la Enseñanza del Arte y la Comunicación Visual, en un curso de Docencia de la Universidad Nacional. Recuerdo con gratitud al M.Ed. Efraín Hernández Villalobos, mi profesor, quien me acercó por primera vez a la profundidad de su pensamiento. Aquel encuentro no ocurrió cara a cara con Morin, sino a través de esa mediación significativa que a veces solo docente con sensibilidad sabe provocar: abrir una puerta, sembrar una pregunta y permitir que una lectura nos cale por dentro. Desde entonces, comprendí que la educación no podía reducirse solo a contenidos, programas o evaluaciones, porque enseñar también implica aprender a mirar la vida sin fragmentarla.
Años después, en el Doctorado en Educación de la Universidad De La Salle, ese diálogo regresó con mayor fuerza. Ya no leía a Morin únicamente como docente en formación, sino como artista, investigador y ser humano que intenta comprender su propia práctica. En ese camino doctoral, su pensamiento dejó de ser una teoría externa y comenzó a convertirse en una forma de mirar: mirar el aula, mirar la obra, mirar la infancia, mirar el vínculo, mirar el aprendizaje y mirar también mis propias preguntas.
Hay una idea de Morin que me conmueve especialmente: la necesidad de no fragmentar el aprendizaje. En La cabeza bien puesta, él afirma que “una cabeza bien puesta” significa que “mucho más importante que acumular el saber es disponer simultáneamente de: una aptitud general para plantear y analizar problemas; principios organizadores que permitan vincular los saberes y darles sentido” (Morin, 2001, p. 23). Esta frase me parece esencial, porque resume una crítica profunda a la educación que llena, pero no necesariamente forma; que acumula información, pero no siempre enseña a pensar; que separa las materias, pero olvida que la vida ocurre entrelazada.
Desde mi experiencia como docente de artes visuales, esta idea toca el corazón de mi práctica. La escuela, muchas veces, ha separado lo que en la vida aparece unido: razón y emoción, cuerpo y pensamiento, arte y conocimiento, técnica y sensibilidad, persona aprendiente y mundo. Pero una persona aprendiente no llega al aula solamente con una mente que procesa información. Llega con historia, cuerpo, memoria, afectos, miedos, imaginación, deseo de reconocimiento y necesidad de vínculo.
Por eso, para mí, una clase de arte no es un espacio secundario dentro del currículo. No es el momento “bonito” después de las materias consideradas importantes. No es un adorno pedagógico. La expresión artística es una forma de conocimiento sensible. Es una manera de organizar la experiencia, de simbolizar lo vivido, de reconocer emociones, de construir sentido y de entrar en relación con los otros. Allí donde una niña traza una línea o un niño mezcla colores, también está pensando. También está interpretando el mundo. También está diciendo algo de sí mismo que quizá todavía no puede decir con palabras.
Morin también nos recuerda que “el conocimiento de las informaciones o elementos aislados es insuficiente” (Morin, 1999, p. 15). Esta afirmación me ayuda a comprender algo que he venido trabajando tanto en el Rizoma como en mi investigación individual: el aprendizaje no puede entenderse como una colección de fragmentos. No basta con enseñar partes sueltas. No basta con dividir el saber en contenidos, objetivos, indicadores y resultados si no somos capaces de conectar esos elementos con la vida concreta de las personas aprendientes.
En mi actual proceso de aprendizaje, esta idea ha estado presente como una raíz profunda. Cuando hablamos de mediación pedagógica, vínculos emocionales, amor, placer y ternura, no estamos pensando la educación como una estructura mecánica. Estamos pensando la educación como un tejido vivo. Un entretejido donde el aprendizaje se mueve entre la emoción, el lenguaje, la cultura, la presencia, la escucha, la experiencia y la comunidad. En ese sentido, Morin nos ayuda a sostener una intuición central: nadie aprende de manera verdaderamente significativa si el conocimiento no logra tocar su propia existencia.
Mi investigación individual también dialoga con esta herencia. Cuando me pregunto cómo la mediación pedagógica de la expresión artística potencia el vínculo afectivo-emocional en niños y niñas de la Escuela San Martín, no estoy preguntando únicamente por una estrategia didáctica. Estoy preguntando por la vida que acontece en el aula. Estoy preguntando por aquello que sucede cuando el arte abre un espacio de confianza, cuando el color se vuelve lenguaje, cuando la imagen permite expresar lo que la palabra todavía no alcanza, cuando la persona aprendiente se siente mirada, escuchada y reconocida.
Desde esa mirada, el arte no fragmenta el aprendizaje: lo entreteje. Una obra no se comprende solo por sus líneas, ni solo por sus colores, ni solo por su técnica. Una obra es relación, memoria, gesto, símbolo, emoción, composición, historia, silencio y presencia. Lo mismo ocurre con el aprendizaje: no podemos comprenderlo si lo reducimos a una sola dimensión. Aprender es pensar, pero también es sentir. Es conocer, pero también es vincularse. Es explorar el mundo, pero también reconocerse en él.
Morin escribió que “la complejidad es, efectivamente, el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares” (Morin, 2005, p. 32). Esta definición siempre me ha parecido profundamente poética, aunque nazca de una reflexión epistemológica. La complejidad es tejido. Y tal vez por eso su pensamiento se encuentra tan cerca de mi propio quehacer artístico. En mi quehacer artístico la pintura no aparece para mí como un objeto decorativo, sino como un territorio de relaciones. Pinto con color, sí, pero también pinto con memoria, espiritualidad, preguntas, cuestionamientos, símbolos, silencios y esperanza.
Aquí siento que la complejidad de Morin dialoga también con una sensibilidad espiritual que me habita desde el arte y desde la contemplación de la creación. La vida no está hecha de fragmentos aislados, sino de relaciones. Todo se toca, todo se afecta, todo se transforma en ese inmenso tejido cósmico donde conviven el universo, la Tierra, la humanidad y sus creaturas.
Elijo escribir creaturas porque esa palabra me acerca más al misterio de la creación. No la uso como simple variante de “criaturas”, sino como una palabra nacida del acto de crear. La Real Academia Española registra creatura como forma culta de criatura y la vincula con el latín creatūra (Real Academia Española, s. f.). Esa raíz me permite sentir la palabra de otra manera: creaturas de crear, creaturas de creación, creaturas nacidas dentro de una vida mayor que no poseemos, sino que habitamos.
Para mí, las creaturas desde esta mirada, no son únicamente seres vivos nombrados desde la biología. Son presencias de la creación. Son los seres humanos, los animales, las plantas, el agua, los cielos, los suelos, los bosques, los ríos, las montañas, los pájaros, los silencios del amanecer y todo aquello que participa del misterio de estar vivo. Decir creaturas me permite mirar el universo no como objeto disponible, sino como comunidad sensible de existencia.
Leonardo Boff ofrece una resonancia profunda para esta intuición. Al leer el Cántico al Hermano Sol de San Francisco de Asís, afirma que allí se expresa una “experiencia cósmica” y una “relación amigable y fraterna con todas las criaturas” (Boff, 2025, párr. 1). Aunque Boff utiliza la forma más común, criaturas, en mi escritura elijo creaturas porque deseo subrayar su procedencia creadora: no solamente seres que existen, sino seres creados, vinculados, sostenidos y llamados a convivir dentro del mismo tejido cósmico.
Desde esa sensibilidad franciscana, boffiana y moriniana, las creaturas no están debajo de la humanidad ni fuera de la educación. Las creaturas son parte del horizonte ético de toda pedagogía verdaderamente humana. Educar no puede ser enseñar a dominar el mundo, sino aprender a convivir con sus presencias. Educar no puede reducir la creación a recurso, paisaje o materia disponible. Educar tendría que ayudarnos a mirar cada creatura como parte de una comunidad mayor de vida.
Por otra parte, el teólogo Roy H. May, desde la ética ambiental, también ofrece una resonancia cercana. Al leer la tradición judeocristiana desde el cuidado de la tierra, recuerda que la naturaleza “creación” en términos bíblico-teológicos “expresa el poder y la dignidad de Dios” y que “la creación, tanto como los seres humanos, pertenece a Dios” (May, 2004, p. 47). Esta afirmación me conmueve porque rompe la idea de una humanidad dueña absoluta del mundo. Nos coloca, más bien, dentro de una responsabilidad compartida ante la vida.
May también recoge una imagen poderosa cuando afirma que la humanidad es “una criatura únicamente responsable entre todas las criaturas” (May, 2004, p. 77). En este punto, yo vuelvo a la palabra que me llama por dentro: creatura. Ser creatura responsable entre todas las creaturas significa reconocer que nuestra humanidad no nos separa del tejido cósmico, sino que nos compromete más hondamente con él. Somos creaturas con conciencia, creaturas con palabra, creaturas con memoria, creaturas capaces de crear belleza, pero también capaces de destruir la casa común. Por eso el arte, la educación y la investigación no pueden desentenderse del cuidado.
Desde esta mirada, educar no puede ser dividir la vida en partes sin alma. Educar tiene que ser aprender a conectar, a cuidar, a sentir y a comprender las relaciones profundas que sostienen nuestra existencia. Una clase de arte, una pintura, una conversación pedagógica, una investigación doctoral o una comunidad de aprendizaje pueden convertirse en pequeñas formas de participar en ese tejido cósmico. Allí, lo académico no se separa de lo espiritual; lo sensible no se opone al pensamiento; la creación artística no queda fuera del conocimiento.
Cada obra, de alguna manera, intenta volver a unir lo que la vida dejó disperso. El arte me permite acercarme a lo visible y a lo invisible, a lo íntimo y a lo colectivo, a lo académico y a lo espiritual, a lo sensible y a lo político. Por eso siento que Morin no solo dialoga con mi investigación educativa, sino también con mi expresión artística. Su pensamiento me confirma que una imagen también puede pensar, que una obra también puede preguntar, que el color también puede producir conocimiento.
En mi cotidianidad, pintar es también escuchar a las creaturas. Escuchar sus súplicas, sus símbolos, sus ausencias, sus formas de aparecer y desaparecer en el mundo. A veces el color se vuelve memoria de la tierra. A veces una línea parece abrir una pregunta hacia lo invisible. A veces una figura humana, un cuerpo, una cruz, una mancha o una textura hablan de esa tensión entre fragilidad y trascendencia que atraviesa a toda creatura. En ese sentido, mi quehacer artístico no está separado de mi labor docente ni de mi investigación doctoral: todo forma parte de una misma búsqueda por comprender la vida sin fragmentarla.
Hoy, la trascendencia de Morin hacia la eternidad me deja una mezcla de gratitud y responsabilidad. Gratitud, porque su pensamiento me ha acompañado en momentos decisivos de mi formación. Responsabilidad, porque quienes hemos encontrado en Morin una forma más humana de comprender la educación no podemos dejar que su obra se convierta en una cita sin sentido, repetida sin vida en los trabajos académicos.
El homenaje verdadero no está solo en citarlo. Está en practicarlo. Está en entrar al aula sin reducir a las personas aprendientes a notas, conductas o rendimientos. Está en investigar sin arrancarle a la realidad su dimensión afectiva. Está en enseñar sin separar el conocimiento del cuidado. Está en crear sin olvidar que toda obra nace de una relación con el mundo. Está en defender una educación donde pensar no signifique dividir, sino comprender las relaciones que sostienen la vida.
Edgar Morin nos deja una enseñanza que no cabe únicamente en los libros: una cabeza bien puesta no es una cabeza llena, sino una conciencia capaz de vincular, contextualizar y dar sentido. Su pensamiento nos recuerda que el aprendizaje no debe fragmentar la vida, sino ayudarnos a comprenderla como un tejido vivo, sensible y cósmico.
Desde esa herencia, la educación, el arte, la Tierra y sus creaturas pueden volver a mirarse como parte de una misma trama de existencia. Pensar, entonces, no consiste solo en ordenar ideas; también implica cuidar, escuchar, crear y reconocer que toda forma de conocimiento verdaderamente humano nace de una relación profunda con la vida.
Desde mi camino en la Universidad Nacional de Costa Rica, desde mi presente doctoral en la Universidad De La Salle, desde la Escuela San Martín, desde mis reflexiones y diálogos, despido a Edgar Morin con gratitud serena. Su alma trascendió hacia la eternidad, pero su pensamiento queda entre nosotros como una luz encendida: una invitación a educar sin fragmentar, a crear sin separar y a habitar el universo con ternura, responsabilidad y esperanza.
Referencias
Boff, L. (2025). La unión de la ecología interior con la exterior: El cántico al Hermano Sol de Francisco de Asís. https://leonardoboff.org/
May, R. H. (2004). Ética y medio ambiente: Hacia una vida sostenible (2.ª ed.). Departamento Ecuménico de Investigaciones.
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.
Morin, E. (2001). La cabeza bien puesta: Repensar la reforma, reformar el pensamiento. Nueva Visión.
Morin, E. (2005). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.
Real Academia Española. (s. f.). Creatura. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 30 de mayo de 2026, de https://dle.rae.es/creatura

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